Las pantallas forman parte de nuestra vida diaria: están en el trabajo, en el ocio y también en el hogar. Es habitual ver a bebés rodeados de teléfonos móviles, teles o tablets, ya sea porque los adultos los usan con frecuencia o porque se recurre a ellos para entretener o calmar. Esta realidad plantea una pregunta cada vez más frecuente en consultas de psicología y en conversaciones familiares: ¿cómo influyen las pantallas en el desarrollo de los bebés?

Desde la psicología evolutiva, que estudia cómo las personas cambian y se desarrollan a lo largo de la vida, sabemos que los primeros años son una etapa especialmente sensible. El cerebro del bebé está en pleno desarrollo y se moldea a partir de las experiencias cotidianas. Por eso, más que demonizar la tecnología, resulta fundamental comprender qué necesitan los bebés para crecer de forma saludable y cómo encajan las pantallas en ese proceso.

¿Cómo aprenden los bebés?

Los bebés no aprenden sentados mirando una pantalla. Aprenden a través del cuerpo, de los sentidos y, sobre todo, de la relación con las personas que los cuidan. Mirar a la cara, escuchar una voz conocida, tocar, chupar objetos, gatear, caerse y volver a intentarlo son experiencias básicas para su desarrollo.

Durante los primeros años, el aprendizaje se da en un contexto de interacción constante. Cuando un adulto responde a un balbuceo, sonríe ante una sonrisa o pone palabras a lo que el bebé señala, se están construyendo las bases del lenguaje, la atención y la seguridad emocional. Estas experiencias requieren tiempo compartido y presencia real.

Desde esta perspectiva, las pantallas no son el principal motor del aprendizaje temprano. El riesgo aparece cuando sustituyen momentos clave de interacción, juego o exploración.

Pantallas y desarrollo cognitivo

Existe la creencia de que ciertos contenidos digitales pueden “estimular” la inteligencia del bebé. Sin embargo, la evidencia indica que, en edades muy tempranas, los bebés aprenden mucho menos de las pantallas que de la experiencia directa. Les cuesta trasladar lo que ven en una pantalla a la vida real y suelen adoptar un rol pasivo frente al dispositivo.

Además, el tiempo frente a pantallas suele restarse a actividades esenciales como el juego libre, la manipulación de objetos o el movimiento. Estas actividades son las que realmente favorecen el desarrollo de la atención, la memoria y la capacidad para resolver problemas.

No es lo mismo una pantalla encendida de fondo que un uso puntual y acompañado. Cuando un adulto comenta lo que aparece, lo relaciona con la vida cotidiana y mantiene la interacción, el impacto puede ser diferente. Aun así, la pantalla sigue siendo un recurso secundario frente a la experiencia directa.

El lenguaje se aprende hablando, no mirando

El desarrollo del lenguaje es uno de los aspectos más sensibles al uso de pantallas. Los bebés aprenden a hablar escuchando palabras dirigidas a ellos, observando gestos, turnándose en la comunicación y sintiéndose parte de un intercambio.

Cuando la exposición a pantallas es elevada, especialmente de forma pasiva, se reducen las oportunidades de conversación. Algunos estudios han encontrado asociaciones entre un mayor tiempo de pantalla en los primeros años y un vocabulario más limitado o un inicio más tardío del lenguaje.

También es importante tener en cuenta el uso de pantallas por parte de los adultos. Mirar constantemente el móvil mientras se cuida al bebé puede generar pequeñas interrupciones en la atención que afectan a la calidad de la comunicación. No se trata de culpa, sino de tomar conciencia de cómo estos hábitos influyen en el día a día.

Desarrollo emocional y regulación: la importancia de la presencia

Los bebés no nacen sabiendo regular sus emociones. Necesitan a un adulto que los acompañe cuando están frustrados, cansados o sobreestimulados. A través de este acompañamiento, poco a poco aprenden a calmarse y a entender lo que sienten.

En algunos casos, las pantallas se utilizan para distraer o calmar rápidamente al bebé. Aunque puede funcionar de manera puntual, si se convierte en una estrategia habitual puede dificultar el aprendizaje de la autorregulación emocional. El bebé necesita una figura disponible que ponga palabras, ofrezca consuelo y ayude a tolerar el malestar.

Además, el vínculo afectivo se construye en esos momentos cotidianos de contacto, mirada y respuesta sensible. Cuando la atención del adulto o del bebé está absorbida por una pantalla, esta conexión puede verse limitada.

Claves para un uso consciente y seguro de las pantallas

Desde un enfoque divulgativo y realista, no se trata de eliminar por completo las pantallas, sino de usarlas con criterio y teniendo en cuenta las necesidades evolutivas de los bebés. Algunas recomendaciones prácticas son:

  • Priorizar siempre el juego, la interacción y el contacto directo.
  • Evitar el uso de pantallas en menores de dos años, salvo excepciones puntuales como videollamadas con familiares, siempre acompañadas.
  • Ser conscientes del propio uso de pantallas como adultos, especialmente durante los momentos de cuidado.
  • Si se utilizan pantallas de forma ocasional, elegir contenidos tranquilos, breves y adecuados a la edad.
  • Acompañar al bebé, comentando lo que se ve y conectándolo con la experiencia real.
  • Mantener rutinas sin pantallas, especialmente antes de dormir y durante las comidas.

Para terminar: una invitación a revisar(nos)

Hablar del uso de pantallas en la infancia no debería llevarnos a la culpa ni a la exigencia de hacerlo todo perfecto. Criar es un proceso complejo, atravesado por el cansancio, las prisas y las demandas del día a día. Las pantallas, en muchos casos, aparecen como una ayuda momentánea, no como una elección consciente.

La reflexión no gira en torno a prohibir, sino a observar de una forma consciente. Observar cuánto espacio ocupan las pantallas en la vida del bebé y cuánto espacio dejamos a la mirada, al juego compartido, al silencio y a la presencia. Preguntarnos no solo cuánto tiempo se usan, sino para qué y en qué momentos.

Los bebés no necesitan estímulos constantes ni dispositivos sofisticados. Necesitan adultos disponibles, relaciones previsibles y experiencias sencillas pero significativas. Cada interacción cotidiana —una canción, un cambio de pañal, un paseo sin prisas— contribuye a su desarrollo mucho más de lo que cualquier pantalla puede ofrecer.

Quizá el mayor reto no esté en regular el uso de pantallas de los bebés, sino en revisar nuestra propia relación con ellas. Porque cuando un adulto se detiene, mira y está presente, el bebé encuentra justo lo que más necesita para crecer: un vínculo seguro desde el que explorar el mundo.

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